Basado en la investigación y las enseñanzas del Dr. Anthony Kleinsmith
Usamos expresiones como «corazonada», «mariposas en el estómago» y «tengo un nudo en el estómago». Al parecer, nuestro vocabulario ya las conocía mucho antes de que la mayoría de la gente supiera nada sobre el eje intestino-cerebro.
El lenguaje suele adelantarse a la biología antes de que la ciencia lo describa formalmente. La intuición de que nuestro sistema digestivo está relacionado de alguna manera con cómo pensamos y sentimos no es nada nuevo. Lo que sí es nuevo es nuestra creciente comprensión científica de cómo funciona realmente esa conexión.
¿Qué es realmente el eje intestino-cerebro? te cuento
El sistema digestivo y el sistema nervioso mantienen una comunicación bidireccional constante. A esta red se la conoce comúnmente como el «eje intestino-cerebro», y no se trata de un único canal. En ella intervienen el sistema nervioso entérico (la extensa red de neuronas de la pared del tracto digestivo), el nervio vago (que transmite señales en ambas direcciones entre el intestino y el cerebro), el sistema inmunitario, los metabolitos microbianos, las hormonas y los microorganismos que viven en el tracto gastrointestinal.
En otras palabras, tu intestino no se queda ahí tranquilamente debajo de tu cerebro esperando la comida. Están hablando. Constantemente.
Tu intestino envía señales hacia arriba. Tu cerebro envía señales hacia abajo. El sistema inmunitario, las hormonas y los microbios participan en esa conversación. Y parece que la composición de la comunidad microbiana de tu intestino influye en lo que se dice.
El sistema nervioso entérico: tu «segundo cerebro»
El sistema nervioso entérico tiene cientos de millones de neuronas incrustadas en la pared del tracto digestivo. Son más neuronas que las que hay en la médula espinal, lo que explica, en parte, que algunos investigadores se refieran al sistema nervioso entérico como el «segundo cerebro».
No es un «segundo cerebro» en el sentido de una conciencia independiente. Pero puede funcionar de forma bastante independiente para coordinar la motilidad, la secreción y otras funciones del tracto digestivo. Además, se comunica con el sistema nervioso central, transmitiéndole información sobre lo que ocurre en el intestino.
Esa comunicación es bidireccional. Tu cerebro influye en tu intestino, algo obvio para cualquiera que haya sentido náuseas antes de un evento estresante. Tu intestino también influye en tu cerebro, de formas que los investigadores están tratando de caracterizar.
El nervio vago y la señalización bidireccional
El nervio vago es una de las principales conexiones físicas entre el intestino y el cerebro. Transmite información en ambas direcciones, aunque la gran mayoría de las fibras vagales, en realidad, transmiten señales desde el intestino hacia el cerebro, y no al revés.
Esa dirección del flujo de información es importante. Indica que gran parte de lo que recibe tu cerebro desde debajo del cuello es información sobre el estado de tu sistema digestivo, la actividad inmunitaria en el intestino y otras señales procedentes del entorno abdominal.
El nervio vago es uno de los mecanismos que los investigadores han estudiado al analizar cómo las intervenciones centradas en el intestino pueden influir en el estado de ánimo, la respuesta al estrés y otros fenómenos del sistema nervioso central.
El microbioma entra en escena
La microbiota intestinal, esa comunidad formada por billones de microorganismos —como bacterias, hongos, arqueas y virus— que viven en tu tracto digestivo, se ha revelado en las últimas dos décadas como un participante inesperado en esta comunicación.
Los microbios intestinales producen una amplia variedad de metabolitos que pueden influir en la fisiología del huésped. Los ácidos grasos de cadena corta, que se producen cuando las bacterias beneficiosas fermentan la fibra dietética, son un ejemplo muy estudiado. Algunos microbios producen o influyen en los neurotransmisores o en sus precursores. Otros interactúan con las células inmunitarias del intestino de formas que, en última instancia, determinan la señalización sistémica.
Los investigadores están estudiando ahora cómo la composición de la microbiota intestinal, el entorno intestinal, la respuesta al estrés, el sueño, la dieta y otros factores influyen en este sistema de comunicación más amplio.
El creciente interés por la salud intestinal se basa en datos científicos sólidos. Los mecanismos se conocen cada vez mejor y sus implicaciones van mucho más allá de la digestión.
Por qué esto cambia la forma de ver la nutrición
Durante años, nos hemos tomado los sistemas del cuerpo como si funcionaran en habitaciones separadas. La salud digestiva por aquí. La salud inmunológica por allá. El cerebro por aquí. El metabolismo en algún sitio al final del pasillo.
Al cuerpo no le llegó ese mensaje.
Estos sistemas se comunican constantemente. Lo que afecta al intestino afecta al sistema inmunitario. Lo que afecta al sistema inmunitario afecta al sistema nervioso. Lo que afecta a la microbiota afecta a los metabolitos que pueden influir en el funcionamiento del cerebro. Y lo que comes cada día influye en todo ello.
Por eso también han cobrado tanto interés las estrategias nutricionales que buscan favorecer el entorno digestivo. Las fórmulas que tienen en cuenta las interacciones entre la flora intestinal, la función digestiva, la barrera intestinal y la relación entre el intestino y el cerebro, en lugar de tratar la digestión como un sistema aislado, reflejan una visión más integral de la nutrición.
La idea es que, si el intestino es donde se origina o se configura gran parte de esta comunicación entre sistemas, entonces cuidar el entorno intestinal es una de las intervenciones nutricionales más eficaces que existen.
Lo que esto no significa
Vale la pena tener cuidado con hasta qué punto nos creemos las afirmaciones sobre la conexión entre el intestino y el cerebro. A veces, en los artículos populares se sugiere que ciertas bacterias provocan estados de ánimo concretos, o que determinados suplementos alteran de forma predecible la salud mental. La ciencia, por ahora, no respalda ese nivel de precisión.
Lo que sí respalda la ciencia es que el intestino y el cerebro se comunican constantemente, que la composición microbiana y la función intestinal participan en esa comunicación, y que el estilo de vida y la alimentación influyen en el entorno en el que se produce esa comunicación.
Es un marco realmente útil. Pero no es un conjunto de garantías.
Una forma más integral de plantearse la salud
Entender el eje intestino-cerebro nos permite tener una visión más integral de la salud en general. La calidad del sueño influye en el microbioma. La dieta influye en el sistema inmunitario. El estrés influye en la función intestinal. La actividad física influye en la composición de los microbios intestinales. Las elecciones nutricionales influyen en los sustratos disponibles para la fermentación microbiana.
No se trata de mecanismos independientes. Son entradas conectadas entre sí dentro de una red biológica interconectada.
La ciencia nos está enseñando cada vez más algo que la biología ya sabía desde siempre: el cuerpo funciona como un sistema. Probablemente deberíamos empezar a tratarlo como tal.
